Quién…

Soy hijo meritísimo de la guerra en El Salvador. Aunque también me considero, sobre todo, un tipo de refinada apatía. No tienes idea del arte que hay que tener para que alguien como yo se aguante a sí mismo. Pero no es ningún secreto, no. Al menos no tengo ningún reparo en confesártelo: El entusiasmo por una idea o algún ideal es instantáneo; luego lo coges con tus dos manos y lo arrugas hasta hacer una pelotilla, que puedas lanzar con relativa facilidad a un cesto de basura próximo. Fallas, como siempre pasa. Y eso te hace pensar “¡Ves!, el destino quiere que vaya a por esa pelotilla mágica”. Te acercas y desarrugas la idea. Y, de nuevo, sucede algo instantáneo: La vuelves a arrugar y la tiras al cesto, que ahora está más cerca y no fallas, y punto.

Pero ¿y si voy de nuevo a recogerla? Y así vuelve a empezar todo de nuevo hasta que no me asalte otra novedad. Es por eso que, en realidad, solo soy hijo de la guerra. Lo de “meritísimo” lo coloco por darle dignidad a mi madre y mi padre, que estuvieron en la guerrilla. Y, sobre todo, porque me gusta cómo suena en esa oración.

Tuve un padre ausente, como todo mundo. Tampoco me destaco por eso. Un día le dijo a mi madre “Para mí primero es la revolución, segundo es la revolución y tercero es la revolución”. Ahí está que mi padre murió sin terminar la cuenta y sin darse cuenta de que todavía hoy El Salvador sigue sin un referente. Mi madre fue para mí un referente de sufrimiento y sacrificio, y de ahí pude sacar algo “de norte” para caminar. Ya no sé si bien o mal.

Lo cierto es que le encontré gusto a la apatía. Bueno, al menos perdí el miedo a la soledad. También dejé de toser, mirar para arriba o tamborilear los dedos ante un silencio incómodo. Ya me di cuenta yo de que lo incómodo es tener que hablar de algo cuando nos estamos diciendo mucho. Pero es difícil, en general, estarse callado en ese silencio de la soledad. Creo que soy muy sensitivo en el silencio, así como los murciélagos en la oscuridad, y puedo percibir mejor muchas cosas que cuando estoy en el bullicio. Me genera endorfinas, además.

Borges me dijo una vez que el escritor tiene un oficio altamente solitario, y que si no puedes con la soledad tienes un gran obstáculo para ejercer. Y esta idea se ha colocado tanto en mi vida que es “la pelotilla” más antigua que tengo en mi cesto de basura. ¿Habrá sido la primera pelotilla también?… Tengo un desorden ahí dentro que para qué te cuento.

Sin embargo, tengo algo de cínico también. Y eso que apenas me presento -puedes irte pero sin que lo note-. Porque si estoy con esta retahíla ¿cómo es que hago algo que puede ser público en cantidades industriales? Porque, además de “meritísimo”, al final soy como tú. Ni más ni menos; y cuando voy a comprar el pan o cuando saco la basura o cuando me emborracho y me noto más viejo, también me llego a sentir desdichado. Con la sensación de desperdicio.

En mi mente, el cesto de la basura es más anticuado que éste. Aquí hay botoncitos que te ayudan a compartir y, casi, escabullirte. Eso… me genera endorfinas.

Y siacabuche…