Masculinidades en El Salvador: con el agravante de ser marero.

El Salvador ya ha sido catalogado por la Organización de las Naciones Unidas como uno de los países más violentos del mundo. Forma parte del llamado Triángulo Norte junto a Guatemala y Honduras. También, la Agencia de Refugiados de las Naciones Unidas, una vez encendió las alarmas debido a un alza en las migraciones de estos países. Seguramente no las ha apagado aún. Es un repunte de migración tan alto, o más, que el provocado por las guerras centroamericanas de los años ochenta. Esta diáspora tiene una causa: la violencia de las maras o pandillas en ese llamado Triángulo Norte.

Yo soy salvadoreño. Pertenezco a la generación de los llamados «Hijos de la Guerra». Tanto mi padre como mi madre estuvieron involucrados en los movimientos guerrilleros de los años ochenta. A los cinco años tuve que huir del país por amenazas de muerte, junto con mi hermana. De la mano de mi madre, estuvimos en un sitio y en otro, en un país y en otro. Hasta que al fin llegamos al intocable territorio cubano en donde nos dejó, de alguna manera confiada, en otras manos. Mi hermana se quedó en una familia cubana y yo en otra. Mi madre tuvo que acatar las órdenes del partido y regresar a El Salvador para continuar la guerra. Yo obedecí sus palabras «cuida de tu hermana» hasta donde pude. Y mi hermana tuvo que adaptarse, no cumplía ni los tres años. Cuba nos dejó tristezas y alegrías, desarraigo y crecimiento, falta de identidad y transculturación. Fueron alrededor de ocho años en donde, es verdad, no todo fue penurias. Incluso, podría decir ahora que conformó gran parte de lo que mi hermana y yo somos ahora. Un «privilegio» para aquellos años caóticos y peligrosos.

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«Adelantando un par de páginas» de lo que te quiero contar, me recuerdo en otro momento migratorio. Mi madre nos esperaba a los dos en el aeropuerto de Managua. Nos íbamos de Cuba. Una Nicaragua con su sol de canícula y con la alegría de la Revolución Sandinista revoloteando en el aire, nos acogía. Ahora íbamos a vivir ahí, pero con mamá. Bueno, con mamá y alguien más. Entonces, Nicaragua se iba a convertir en una nueva tierra por absorber. Otra más. Pero también íbamos a conocer lo que se siente vivir con una mamá, en la misma casa… aunque con un padrastro. En «las páginas pasadas» mi madre se buscó la vida para que regresáramos con ella, lo que le costó expulsión del partido y terminar con mi padre. Nicaragua nos dejó tristezas y alegrías. También falta de identidad y transculturación. Pero sobre todo nos costó violencia intrafamiliar, abuso sexual y una terrible desintegración.

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Hasta que cumplí veinte años regresamos, «toda la familia», a El Salvador. Poco después de los Acuerdos de Paz. A los veintiún años  mi padrastro me echó de casa después de una violenta «discusión». No tenía familia dónde recurrir porque nunca conocí otra. Me encontraba en un San Salvador de posguerra al que desconocía por completo. Al rato, fue mi hermana la que corrió la misma suerte y se encontró con la misma situación mía. ¿Sabes por qué te cuento todo esto? Porque yo pertenezco a la generación de los llamados «Hijos de la Guerra». Y viéndome en las calles de un país desconocido, fui de los chicos privilegiados de esa generación. Sentía odio, sin identidad, sin un sitio o un lugar, con una familia desestructurada, violentada y olvidada. Menos mal no me encontré en la esquina a un grupo de «bichos» que me sedujera a «brincar» a la pandilla. Seguramente lo hubiera hecho… para sobrevivir y pertenecer.

Después de aquella guerra de los años ochenta, que desgarró al país, hoy El Salvador se encuentra en otra guerra más sangrienta e irónica aún: la de las maras. Un entramado de violencia que trae consigo algunas cosas que pueden permitir entenderlo: una memoria distorsionada, marginación social, falta de identidad y un rostro juvenil, principalmente de género masculino.

Yo trabajé masculinidades con jóvenes de maras, y no es nada difícil. Lo que hizo fue cuestionar mis privilegios; eso sí que es difícil y duro. No olvidaré una sentencia que me hizo un joven: «Vos no sabés de dónde vengo. Aquí si no te ponés en algo te podés morir».  Puedo escribirte otros tres párrafos y lamentarme de lo que me tocó pasar por la guerra, pero jamás puedo compararme solo porque soy hombre también. La vida de estos muchachos se ambienta en procesos y vínculos sociales diversos. Una marca de sobrevivencia que es muy lejana a la mía. Y estos muchachos, simplemente, son siempre la sospecha social. Yo lo que aprendí es que son muchachos con una carga subjetiva ubicada en un lastro que viene de aquella guerra; en una sociedad y en una clase social basada en la marginación de clase, con un género asignado, el masculino; un entramado familiar de zozobra; en un determinado barrio con su contexto social, económico, cultural y, todo, estigmatizado.

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Si yo he perdido mi identidad o mis referentes, y aún no veo por ningún lado nada que me lo muestre, la forma de adquirir un aprendizaje será de lo que vea como «dominante». Soy hombre al final, y a lo que me veo empujado es a lo dominante o hegemónico para conformar mi masculinidad. He tenido la oportunidad de trabajarlo y aún lo sigo haciendo, solo que yo no corro el peligro de poder morir. Es por eso que lo que encontré en los barrios fue a muchachos que hacían lo más natural del mundo: buscar una identidad. Pero, claro, esta búsqueda va ligada con prácticas sociales de violencia como forma de obtener un aprendizaje que se acerque al modelo de masculinidad dominante. Y esto no es solo tema de barrio.

Cuando hablamos mi madre y yo de sus recuerdos de la guerra, ella siempre habla bajito. Como si el enemigo la pudiera escuchar, a sabiendas de que esa época ya pasó. Fue curioso cuando noté que, una buena parte de las madres de estos muchachos, hacía lo mismo cuando me quería contar algo de los muchachos (de la mara, pues). La memoria de El Salvador siempre ha sido un susurro, un secreto. ¿Cómo se puede tener identidad así? Perdemos significado. Y, nuevamente, lo que aprendí en los barrios fue que, si bien un elemento identitario de los hombres es la violencia, pues, en la vida de estos jóvenes hay mecanismos de violencia que resultan significativos para llegar a ser alguien. A ser un hombre, más bien.

Y es así que estos muchachos tienen una memoria distorsionada (hasta yo mismo también), viven en una marginación social severa y no tienen una identidad socialmente aceptada. En todo caso, sí tienen pero la suya misma. Pero «ojo-cuidado», aún no son hombres: son niños o muchachos. Bien sabemos, por nuestros complejos estudios sobre las nuevas masculinidades, que existe una disputa por sentirte reconocido como «hombre». Que nuestra identidad masculina se basa en el despojo de lo que no sea «ser un hombre dominante». Vivimos vacíos y frágiles hasta entonces. Estos muchachos, por ende, están en una «escala» todavía más amenazante para ellos: no son «hombres» aún. Por lo tanto no pueden dudar y «si no se ponen en algo» corren el riesgo de morir. ¿Qué es lo que les queda? Actuar, repetir o imitar para establecer la ilusión de tener una identidad sin fisura alguna. Y en la gran mayoría de los casos, se lleva a cabo por medio de prácticas violentas que se materializan en su propio cuerpo, hasta llegar a «mancharse» (tatuarse) todo lo que consideran que son y les da un lugar, una pertenencia, un espacio físico… afecto, defensa, protección y solidaridad con los suyos: con la mara, su nueva familia. ¿Qué les puedes decir? ¿Que está mal y están equivocados?

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Llegué a entenderles. Lo que no quiere decir que justifique sus acciones. Las que son contra ellos mismos ni las que hacen daño a terceros. Y en lugar de reprocharles y condenarles, pude más bien ver en ellos lo que sucede en mí como hombre. En los pequeños detalles y en los grandes, como no detectar mi zona de confort respecto a otros, incluso, congéneres. Pero todavía más, vi lo que sucede en toda la sociedad salvadoreña: la autodiscriminación, la falta de memoria y compasión; una hipocresía social redundante junto a un cansancio histórico en donde sigue primando una ley hegemónica. Me atrevería afirmar que en estos muchachos se juegan los mismos estereotipos y mandatos masculinos que hay en ti, pero con el agravante de ser marero… para sobrevivir.

Trabajar masculinidades con las Maras en El Salvador es quedarte con la punta del Iceberg. Es como señalar con el dedo índice hacia otro lado sin notar que hay otros tres dedos que te señalan a ti.

Y siacabuche…!!!!

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2 Comments

  1. Qué bueno tu post! Y cuánto dolor en nuestros países, en nuestros cuerpos, en nuestro pasado y presente. Pienso que la masculinidad hegmónica es violenta en sí misma y que en tu país o el mío (México) se expresa de forma lacerante en los asesinatos, las desapariciones forzadas, los miles de desaparecidos, las fosas clandestinas y en ese poder criminal que quiere imponerse con muerte y despojo. A pesar de ello me queda esperanza y me agarro a ella como mejor puedo para sobrellevar este dolor.

    Un abrazo grande.

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  2. Gracias, Alma!… Suscribo tus palabras también. Yo también conservo, en algún lugar, esa esperanza. Aunque a veces sea derrocada con tan solo leer un titular de los periódicos. Ahora ya ni vivo en mi paisito querido… tuve que huir. De nuevo. Recuerdo cuando estaba dando un taller, en una comunidad cerca de una bahía de El Salvador, y hubo un tiroteo justo en la esquina en donde estábamos. Después de todo el relajo, no se me olvidarán las palabras que me dijo aquel campesino-marinero: “Váyase, váyase de este país usted que puede. Hágalo por todos nosotros… que no podemos”.
    Aún así, atesoro siempre la esperanza.

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