La Siguanaba

“La vida es una enfermedad

que se transmite por vía sexual

y siempre, siempre es mortal…”  Alguien en un bar

(Clásico. Cuento de 1998)


 

Como más de una vez y desde hace mucho tiempo, al caer la noche, ella se prepara para salir. Al titilar de la primera estrella, olvida el tormento de su hijo perdido e invoca a los demonios de la pasión para que la barnicen de miel. Esta es la historia de una noche cualquiera.

Está sentada a la orilla de su lecho. Desnuda. Arquea la espalda y con sus manos recoge su pelo libre y negro, descubriendo un cuello largo y jovial. Ella es bellísima: Sus ojos tienen la forma de las almendras y el color del café tostado. No son inocentes ni salvajes, parece más bien que guardaran un secreto, pero un secreto pícaro que fulmina la quietud. Sus labios, apeteciblemente carnosos, apeteciblemente entreabiertos; cuando sonríen despiertan la lascivia de los muertos. Dan ganas de ser fruto maduro en manos de ella: ser mango, ser sandía y ser devorado por esos labios. Voraces esos labios. Su piel no es morena, tiene el color y el olor de la tierra húmeda, pero de aquella tierra de antaño, de la que dan ganas de estar en ella, revolcándose en esa limpia suciedad. Un deseo de poseerla sabiéndola ajena se te despierta al ver esa piel. Sus senos dan la rabia de la pasión y la tranquilidad materna, la incertidumbre en tus manos y el hambre en tu boca. Su vientre es el entremés de la locura venérea que encierran sus piernas. Piernas con el vigor y sensualidad de las anacondas. Locura venérea con el asecho y misterio de las fieras. Es todo un manjar de lujurias, una inmensidad de deseos arrinconados en cualquier parte de su geografía.

Está sentada a la orilla de su lecho. Desnuda.

Tiene que decidir con qué prenda hechizará a su víctima esta noche. Cierra los ojos y suspira profundamente. Vuelve a suspirar. Luego de un corto tiempo ladea una sonrisa, se levanta y se dirige danzando al espejo. En el espejo refleja su cuerpo galante. Las dos figuras coquetean pero cuando se encuentran las miradas se afligen y entristecen macabramente. Ella se va a vestir. Prende un cigarrillo y se va a vestir. Da la impresión de que cuando se viste hace un ritual de agradecimiento a los demonios de la pasión: sonríe y observa cómo ciñen las ropas en su cuerpo, cómo cuelgan las ropas en su cuerpo. Con colochos de humo y aroma de pachuli revoloteándole alrededor, se peina el cabello y, luego, pinta una sonrisa en el rostro.

Las luces y los ruidos motorizados, la brisa y la luna menguante, las estrellas y la falsa oscuridad de la noche ya están afuera. Ella tiene que salir. Se apresura, se vuelve a mirar en el espejo y ni el maquillaje esconde la tristeza que sólo ella percibe. Pero aletea los ojos y se lanza un beso como lo haría a un amante.

La ciudad está agitada. Su follaje de cemento es lóbrego y ruidoso, son los ruidos nocturnos de la urbe. La ciudad está pintada de neón, embriagada de smog, surtida de alcoholes, custodiada con ceguera de semáforos, rotulada con lavados de dinero y señales de graciosas leyes. Está llena de carcajadas y música mentirosa, vacía de cordura y llena de inhibición. La noche pareciera huirle a esta ciudad y los transeúntes la invocan como lobos en celo. Lobos que para ella son presa y esta noche rebalsa de aullidos. Allí andan, con los ojos pelados, llorando de alegría y riendo de tristeza. Andan buscándola.

Bueno, ¿quién busca a quién? Nada, ella sólo se pasea. Mira sin ver y se carcajea sin sonreír. Se pasea por las calles al encuentro perfecto, con un caminado que únicamente sugiere, no hiere. Todavía no hiere.

Entra en cuevas etílicas, echa un vistazo sin pretensión. La víctima cae por su peso, ella espera hasta convencerse. Pero todavía no se convence. Por tanto, camina y camina, de aquí para allá, hasta sentir el olor de la abundancia y la malandanza. Claro, eso no falta, los torpes se acercan a ella con flores en la voz y le susurran, la violan con la mirada y le ensalivan los oídos con propuestas. Ella sonríe inocentemente y con perfume en sus ademanes se escabulle: “muy cipotíos, los puedo matar del susto”. Camina y observa a los seres nocturnos que pierden el color que les da el día y se vuelven grises y deseosos. Todos se vuelven grises y deseosos. Ella lo siente como punzadas en todo el cuerpo mientras se funde con la broza, con las calles y las luces sanguíneas.

Pero qué tranquilidad hay en ella, la gente alborotada y ella sonriente, como disfrutando del sosiego del hogar de la luna. Como guardando la quietud que hay en algún lugar paradisíaco y que mañana mismo volverá a vivir. Como sabiendo el secreto de la eternidad y que no necesita del apuro. Así pasea mientras encuentra entre el nudo de aromas el olor de su pillaje.

Parece leyenda, parece mentira, pero a la media noche su olfato se agudiza. Se detiene, cierra los ojos y empinando la cabeza inhala profundamente y del revoltijo de olores, pesca uno y se lo traga. Jadea eróticamente y se empuña el sexo con sus manos hasta retorcerse de placer. Panea la mirada a su alrededor buscando el origen de su pesca. Ah, allí está. No se ve pero allí está. Se dirige al lugar con el mismo caminado que sugiere. Todavía no hiere pero afila. Se adentra en la elegancia del bar y asiente con una sonrisa: “Es la caza perfecta para una noche perfecta”. Se empapa de los rumores y música que camuflan su identidad. Se sienta en la barra, prende un cigarrillo y pide un trago para insinuar el vicio. Entonces, espera que su aroma domine en el lugar y llegue hasta su presa.

El señor D se revuelca en risotadas y licor. Pellizca de vez en cuando la pierna de su acompañante mientras lo disimula con un sorbo de habano. La mesa está abundante: vodka, cerveza, comida y humo. Está realmente servida: cinco mujeres, dos empresarios y él con papada trémula. Hablan de la situación actual con preocupación histriónica; de la última reunión en tal lugar con mala recepción; de los rumores que se dicen de éste y aquél; y de la pasada fiesta que celebraron, fiesta orgiástica al parecer por las miradas que se cruzan.

El señor D es muy fino y cuidadoso en todo. Se nota por sus actos corteses y por su hablar bajo y pausado. Pero cuando el licor le juega en los oídos, la voz se le eleva y la cara cotidiana y públicamente preocupada se borra por una sonrisa perenne. Las manos se le desprenden y quieren tocar todo. Aún así, un hilo de cuidado resiste. Con tan sólo un guiño el mesero sabe que tiene que servir más bebida y mantener impecable la mesa. Con tan sólo un ademán de su diestra, su chofer sabe que tiene que ir a recoger a la señora de D, que disfruta en una Cena de Señoras, llevarla a casa y decir que el señor llegará tarde por estar en importante reunión de clausura de Proyectos. Así es de cuidadoso. Mientras tanto, el señor D se desenvuelve en humo, licor y tocaditas. Todo con suma precaución, porque él es una persona pública y todas las miradas del lugar están en él. Bueno, al menos así lo piensa él. Por eso trata de actuar evadiendo rumores. Bueno, al menos eso cree.

Se siente vigoroso, cómico, interesante en todo lo que dice. Quiere bailar, quiere insinuar sexo. No para de agitar su rodilla derecha, mira de un lado a otro con ansiedad adolescente y pulso senil. Tamborilea los dedos en la mesa y se carcajea de lo que no ha escuchado. Busca en el bolsillo del saco su billetera, se asegura de que todavía estén allí las bolsitas que le consiguió su chofer: “De la colombiana, punto azul, casi pura”. Aparece la mirada sonriente de su esposa que no lo acusa ni lo abruma. Es una mirada congelada que se guarda de ornamento en el porta foto de la billetera. Billetera que le regaló su esposa años atrás. Años en los que aquel fuego terminó en ceniza humeante. Humo que nubla el respeto, el recuerdo, el pudor y la sinceridad.

El vicio está ya revuelto y dominante. La mesa es pequeña. El señor D siente que no cabe en esa decencia. Aparta la disimulada mano de la pierna de su acompañante “pierna más aburrida”. Él se indigna y le susurra “qué pasa” al señor D. El señor D lo ignora, ya no lo quiere como acompañante, lo aburre, lo desespera. Da un sorbo a su habano, exhala y luego empina la cabeza y suspira profundamente. Se conmueve. Algo le vino a la memoria por ese pellizco que recibió del aire. Algo excitante lo desconcertó. Se agita en la silla tratando de pescar ese aroma que le vino de repente. Inhala. Inhala. Lo siente lejos y perdido. Trata de pensar en otra cosa, de inmiscuirse en la plática absurda y en la aburrida pierna de Jorge. No consigue esquivar los latigazos aromáticos que flagelan su espalda. Es un olor a tierra húmeda, a fertilidad, a hembra en celo, a carnosidad trémula, apetecible y que despierta el instinto. Ese olor se le mete en los oídos, le sale por las narices, se le vuelve a meter por las narices para salirle por los oídos. Tiene que buscar de dónde viene. Se levanta sin permiso como enganchado por el aroma. Busca, busca confundiéndose sin poder guiarse con los ojos. Huele entonces para no confundirse.

Llega a la barra y de entre los cientos de rostros, una mirada jugando con un secreto lo espera:

– Hola, ¿cómo está?

– Pues, bien… aunque sola.

                                               *****   *****  *****

Entran a la habitación seis del Motel. Ella lo conduce. El señor D se bate con el nerviosismo de un novato en su primera cita con la desnudez. Traga saliva a menudo, se acomoda los anteojos y se peina con los dedos para disimular el desconcierto ante la trivialidad de la situación. ¿Por qué esa inquietud ansiosa si no es la primera vez, ni la menos descabellada, que engulle lujuria después del alcohol?

Una vez cerrada la puerta de la habitación, ella se le tira y lo besa percutándolo contra la pared. Lo devora de ese beso. Los anteojos caen al suelo y ella se le restriega como empapada de ardiente deseo. Se arrodilla ante él y le baja el ziper. El señor D la detiene con nervio en sus labios:

– Sabe, tengo que ir al baño. Me voy a “polvear” la nariz.

Mientras, ella se desprende de los ropajes excesos y queda con su lencería colorada y transparente. Sonríe satisfecha y juega con sus senos, se chupa los dedos y frota sus piernas entre sí. Lo llama casi con un gemido de súplica y él se apresura torpemente en inhalar el blanquecino polvo. Entonces, su pulso se acelera, sus ojos se avispan y su boca seca descubre una lengua árida, albina y escamosa. Lengua que baila como cascabel en busca de lubricidad. Se desviste y descubre la flacidez de sus carnes pálidas y ociosas. Empuña su falo erecto y se siente como un tigre. Encorvado de excitación sale del baño desesperado. Pero la visión lo hace tragar saliva seca de nuevo, la belleza lo apena e intimida, se restriega los ojos para no llegar al orgasmo prematuro de la mocedad. Ella sonríe con inocencia infantil y se acerca hasta llegar a su oído: “Tranquilo, soy de carne y hueso. Además, soy toda tuya esta noche y tengo mucha hambre…”

Ella lo tumba en la pulcra cama. Le tira un beso lento y con su índice en los labios pide paciencia más que silencio. Empieza a danzar suavemente, recorriéndose el cuerpo con manos de dedos dichosos, que dan envidia dactilar al señor D. Juega con sus pezones gélidamente erectos, intenta lamerlos con su lengua deliciosa. Se aprieta los senos incitando al tacto, llevándolo al desquicio. Juega también con su pelo suelto. Lo recoge y lo suelta danzando. Todas sus curvas aparecen y desaparecen en su baile erótico, descubriendo las jugosidades de sus caderas, de su vientre, de sus carnes, de sus piernas entreabiertas. Todo el poder femenino está en la debilidad de la mirada masculina, en la sencillez magnánima de una danza sin premeditación. Porque ella esta gozando con su baile, lo hace suyo. Baila y se olvida del señor D. Y el señor D que se cree el motivo del baile. Aunque la eyaculación le esté reventando en los ojos, lo disimula torpemente con contracciones en su falo desesperado. Se refrota en la cama, muerde las sábanas con sus nalgas, engarra los gordos dedos de sus pies, su mirada vuela de arriba abajo, de un lado a otro queriendo besar todos los ángulos del bello cuerpo danzante. Su seca y blanquecina lengua aparece de repente por sus labios deseosos, lamiendo en el aire las carnes vacilantes.

Entonces, ella lo llama. Levanta una pierna hermosamente suculenta y lo llama: “Bésame el pie”. El señor D desesperadamente canino se levanta y lo lame como a un hueso. Para él sólo esa pierna le basta para llegar al éxtasis. Lava su cara en el pie, lo chupa, lo muerde, se lo quiere tragar: “Calma, yo te diré lo que harás, eres mi esclavo ahora”. Y el señor D asiente como mascota con la lengua de fuera.

Gateando felinamente por la cama, ella se acerca al oído del señor D y con miel en los labios le susurra “Te has portado muy mal, tengo que castigarte”. Pero era la voz de su hija. Él se aparta espantado al oír a su hija. Agita la cabeza y maldice tanta droga al ver a su gatita en la cama.

– ¿Por qué dices que me he portado mal? –pregunta con una sonrisa de intranquilo sosiego.

– ¡No te he dicho que hables! ¡Ponte de gatas, recibirás un castigo! –ordena ella con sensualidad imperativa.

Entonces, el señor D, un tanto confuso por la orden, o tal vez por haber oído la voz de su hija, sonríe para tranquilizarse y hace lo que le ordena. De veras gustoso se pone de gatas. Voltea la mirada y ve cómo ella danza con un cincho. Con un flagelazo le prohíbe que la vuelva a ver si no se lo pide. Y empieza a castigarlo.

No se distingue si el señor D gime de placer o se queja de dolor. Cada vez que ella lo latiga con sermones sordos, él frunce los ojos con un gemido o un quejido, y pide más. Por su mente se discurren imágenes sexuales con cada potente latigazo. Absorbe la fuerza de cada trauma y lo transpira en gotas de lívido. En cambio, ella intenta marcar en su espalda un odio ancestral, lo detestable de la morbosidad fálica representada en un lomo flojo y sumiso al placer. Ella le ordena que aúlle y él aúlla; le ordena que relinche y él relincha; le ordena que rebuzne y él rebuzna; le ordena que cacaree y él cacarea; le ordena que pida perdón y él pide más golpes, excitado.

– ¡Viejo cerdo, pide perdón por tu asquerosa vida, pídeme perdón, que soy tu hija, inocente de tu vileza! –retumba la voz de su pequeña hija en los oídos del señor D.

Voltea la mirada por el espanto y, con ojos endemoniados y monstruosa sonrisa, ve a su esposa latigando su espalda. De un brinco cae de bruces al suelo y repara en lo que acaba de ver, se sacude los ojos y agudiza la vista. Pero no, no es su esposa, es ella quien está frente a él. Sorprendida, encantadoramente sorprendida, con el cuerpo escarchado de sudor sensual ella cuestiona la actitud del señor D: “¿Qué te pasa, mi osito?”. Él entorpece sus movimientos, balbucea, empieza a desesperar. Ella se resbala hacia la cama, contorsiona su cuerpo y brinda el manjar supremo. Totalmente desnuda y necesitada, ruega por la penetración. El señor D se deshace, se lengüetea los labios y se llama torpe por sus alucinaciones. Se le tira encima y la besuquea toda. Amalgamados los dos en la cama: Ella deseable, él detestable. Los dos extremos de la fantasía sexual envueltos en el coito. El señor D turbando la nobleza afrodita de ella, y ella discordando con la bruta aberración de él. El señor D torpe en sus besuqueos, en sus lengüetazos, en su alboroto; ella con la beldad de sus dejes, de sus gemidos, de sus bailes y movimientos.

En el cuarto hay una neblina de sopor húmedo. En sus espejos se refleja un nudo de piernas, brazos, nalgas y rostros adoloridos por el placer. En la pared, el tictac del reloj musicaliza el arrítmico movimiento de la cópula. Entonces, es cuando llega el momento en que él pide y ella concede. Él quiere sentir que a pesar de todo tiene el poder viril y, con la vena de macho pulsándole en la sien, acomoda las caderas de su hembra poniéndola de gatas ante su falo. El señor D sonríe por el triunfo al mismo tiempo que en la mirada de ella se vislumbra un secreto, uno que está por descubrirse. Y empiezan a sonar las carnes por la dispareja danza: Ella con jadeos tiernos y suaves, él con bufidos de minotauro y con ojos destrabados, como preámbulo a la explosión orate que está por ocurrir.

-¿Por qué te detienes, osito, siento tan rico? ¡No te detengas, papi, quiero más, más!

Visión más espeluznante no recuerda antes el señor D: sus ojos se abren hasta descubrir la circunferencia perfecta de sus pupilas, su temblorosa boca muestra unos incisivos amarillentos de nicotina, y un grito visceral, sordo de espanto, se plasma en su rostro horrorizado. Es la sensación más ruin en el acto más bello, es la inmundicia del vacío sexual con hedor a chacalín. El señor D con su falo dentro de ese bulto, sin poder salir, apresado por el esfínter del pecado. En vano se esfuerza por desprenderse y cuanto más lo intenta, más se atora. Traga y traga saliva, quiere aire, siente como si su nariz estuviera atorada dentro también. Se raspa los ojos con las uñas, tantea por sus anteojos tirados en algún lugar para aclarar lo que su mirada vencida le muestra: el firme y ágil dorso adolescente que tenía momentos antes frente a él, moviéndose magistralmente en el gozo, es ahora la gruesa espalda pecosa de la señora de D que tiembla ansiosamente. El provocador rostro que con ojos sonrientes encontró en la barra del bar, es el rostro, pomposo y grasiento, del señor D. Unido grotescamente al cuerpo de su esposa, se desfigura en ademanes de placer y pide más. Pero no es la melosa voz que erizaba los vellos la que aclama, es el timbre inocente de su hija que gime y pide, que pide y gime.

– ¡Ay, D, qué rico, qué bien me siento! –dice entre risitas la voz de su hija- Pero no creas que me siento así por otra cosa que por la graciosa ridiculez en la que te veo, papi. No sirves para otro tipo de placer, papito. Te has comprado la mentira tú mismo, te la has creído y la has televisado para que todos la crean. La verdad, lo único que da es risa, porque en la realidad eres justo como te ves en estos momentos: Una vileza que te cuelga en las papadas y que tiembla con pavor; una mentira que escondes bajo tus carnes flojas y pálidas. Mírate en el espejo, papi, y observa cómo te ven los que, según tú, te coges. Observa cómo el control que tú crees ejercer muy bien te avergüenza cuando sale al desnudo la verdad…

El señor D, con el horror de un infante, vuelve la mirada al espejo de su derecha y contempla la inmensa y decadente imagen suya: pegado como can, escarchado de sudor frío en su cuerpo lleno de pliegues y repliegues en los que ha guardado su egoísmo, con la cara surcada de lágrimas de sumisión mequetrefe. Se niega a creer que es su cuerpo el que se refleja, lo desconoce, lo detesta. Se quiere convencer que no es más que parte de la deformación frente a él, pero en un hueco frío de su pecho un eco le repite que la única verdad del espejo es él. Y de gatas, apretando su falo, está el blandengue cuerpo de su esposa, meneándose suavemente. Degeneradamente unido al cuerpo, el propio rostro del señor D sonríe, gime y lo regaña. Su propia cara le dice, con la voz de su hija, que la pomposidad de la mentira se deshace con la sencillez del desnudo, que lo que se refleja en el espejo es la bella y risible  realidad de todas las veces que se ha cogido a los demás. La voz de su hija y el movimiento deseoso del cuerpo de la señora de D, le estallan en sus tímpanos. Bulla, bulla que se recrudece en su cerebro. Risotadas y carcajadas le revientan en los oídos junto al susurro de su hija: “¡Aaaaay, osito, pero no te detengas!”, “¡Demos la bienvenida al señor D!”, “Tictac, tictac, tictac”, “Señor D, qué opina de la huelga iniciada esta mañana”, “Ja, ja, ja, ji, ji, ji”, “¡Aaay, papi, papi, quiero guineo!”, “EL SEÑOR D SE LIBRA DE DEMANDA POR DESVÍO DE FONDOS”, “Aaah, aah, uuuuh, aay qué rico, ay sí, más, más”, “Jefe, le conseguimos de la buena hoy, dice El Chulo que son diez mil pesos”, “tictac, tictac, tictac”, “Je, je, jeeeeeeeeee”, “SEÑOR D PRESENTE EN APERTURA DE HOSPITAL”, “…si usted quiere, jefe, lo cuetiamos y asunto arreglado”, “por qué apartaste tu mano de mi pierna, D”, “rriiiinngg”, “Dile a la nueva que suba a mi despacho”, “Aaaah, aaaaaaaaaaaaaaaah, osito, qué bien lo haces”, “…una vileza que te cuelga en las papadas y que tiembla de pavor…”, “JA, JA, JA, JA,” “jefe, me dijo Jorge que se vieran en el mismo lugar de siempre”, “tictac, tictac, tictac”, “¡Papi, papi, quiero que me hagas GRITAAAAAAAARR!”.

El señor D ve en su rostro, reflejado en el espejo, un polvo blanquecino que le rodea las fosas nasales y las orejas. Escucha más carcajadas, risas, aplausos, ruido y fanfarria. Puede oír el estruendo de su corazón aterrorizado, su respiración silbando bestialmente y más risas. Un zumbido le estalla en la nuca y hace que se abrace la cabeza para contener la explosión. Pero más risas, carcajadas, ahora llantos y tétricas melodías; hasta que se le nubla la vista y  regurgita un grito gutural que asusta el cortejo de un par de gatos en el techo. El señor D cae al suelo en posición fetal. Se ahoga con sus lágrimas y mocos, agitándose desquiciadamente.

la-siguanaba

                                               *****  *****  *****

Ella sale del baño, vestida. Acomoda su revuelto cabello con las manos. Fríamente ve al señor D que tiembla en el suelo con chillidos, “ay Dioses” y balbuceos que no entiende. Toma su cartera que cuelga de un pequeño sillón y le dice que son mil pesos.

– ¡Perra, maldita, qué me has hecho! ¡Fuera de mi vista, degenerada! –le grita él, levantándose de un brinco y con los ojos desorbitados – ¡Quién putas sos, bruja, qué brujería has practicado conmigo, Satanás, fuera, fuera, FUEEEERA…!

– ¡Quién entiende a los hombres! Si no te hubiera dado esa gran cogida, estuvieras putiándome por frígida y sin gracia. Son mil pesos, osito, dejate de mierdas. –responde ella sin verlo.

–  ¡Chepe, Chepe, DÓNDE ESTÁS CHEPE! –y toma el celular que estaba en la mesita de noche.

– Eh, eh, más vale que soltés ese teléfono. Yo sólo hacía mi trabajo. No quiero problemas ni con vos, ni con la cuilia. ¡Más vale que me pagués y aquí no pasó nada, impotente!   –y saca su revólver de la cartera.

– ¡CHEPE… – y un disparo estalla en el hombro del señor D haciéndolo caer de espaldas en la cama.

Rápidamente ella recoge las prendas que brillan en la mesita de noche, la billetera y el celular que está en el suelo. Corre al baño y se escabulle por la ventana, en ese preciso momento cruje la madera de la puerta de entrada a la habitación que fue derribada por su guardaespaldas y el chofer. Enfundan sus armas y acuden al auxilio del señor D que se encuentra bañado en sangre en la cama. Está gravemente herido. Chilla, moquea y chilla.

Ella se encuentra lejos ya. La aflicción se calmó por la quietud de la madrugada. Los faroles todavía chorrean inútilmente su luz amarillenta. Va ella por la acera, con ese caminado que hiere, ahora sí hiere. Lloró un poquito pero está calmada por la brisa que le seca el rostro. Tal vez no fue el susto sino más bien esa espesa amargura que le queda luego de cada noche y que le hace recordar la extrañada quietud de su hijo abandonado.

Por eso sí puede llorar ella, por nada más. Con la calma le vino también el secreto juguetón de su mirada. Y de pronto una sonrisa ladea en su rostro: “papi, papi, no tengás miedo de verte al espejo”.

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