Prueba de españolidad.

Cuento de 2016.-


Aquella mañana Samuel salió desconcertado de la embajada de Estados Unidos en Madrid. Le habían negado una visa de tránsito para hacer escala en Texas y volar dos horas después hacia San Salvador.

— Es que usted no cumple con los requisitos de la sección 214B de la Ley de Inmigración y Nacionalidad… —Le dijeron a través del cristal.

— Aja…

— …no veo yo aquí algo que me demuestre que tenga lazos en este país como un trabajo…

— Cuido a una anciana…

— ¿Sin contrato?…  No veo yo aquí que estudie…

— Llevo un curso de letras en Lavapiés…

— …ya… Tampoco veo que tenga familia o vínculos sociales…

— Mi novia, la ecuatoriana que le decía, ya está nacionalizada…

— …y para colmo no tiene una Cuenta en algún banco…

— …es que la ancianita me ha dicho que…

— Esto no es personal, entienda, pero el Sistema no lo admite porque no hay nada que lo obligue a regresar a España. Una vez en los Estados Unidos, usted podría verse tentado a quedar y meterse en problemas, ¿me entiende?

— Pero si no saldré del aeropuerto…

— Es por su bien, créame. En nuestro Sistema, no queda demostrada aún su identidad con España.

Tales reflexiones racionalistas, y con una semántica tan formal y educada, resultaban incomprensibles para un Samuel que no podía quitarse de encima su perfil indígena, su piel color cacao y la sonrisa eterna de «no pasa nada, gracias o perdone usted».

Un sonrisa que tampoco se le quitó cuando, a través del cristal, le dijeron que volviera el otro año y que, pagada la tasa de los 315 euros de nuevo, tendría todo el derecho de volverlo a intentar.

Pero el dinero no le importaba, me dijo, lo que le dolía era sentir que todos sus esfuerzos por llevar su legalidad lo habían distraído de algo fundamental: «demostrar su identidad española» ante el Sistema. Samuel lo vivió como un momento de lucidez, de una profunda comprensión que lo obsesionó a tal punto que, aquel deseo de viajar a San Salvador para ver a su madre, no fue un fin realmente sino el medio que le permitió darse cuenta del error de identidad en el estaba.

A partir de ese día ideó una serie de hábitos que lo acercaran a tal propósito. Desde los más sencillos a los más disparatados.

— No puedo quitarme la piel, pero puedo estar menos tostado… —me dijo una vez.

— Claro…

Y pasó todo el verano encerrado en su piso para evitar el resol y, si tenía que salir, brincaba de sombra en sombra o esperaba el ocaso. También todas las mañanas, frente al espejo, vocalizaba palabras y frases como «Jo-pu-ta», «Bra-gas», «Has-ta loo-go», «Guarrrrro-mán».

— …es que unen la «u» con la «e», por eso se escucha «Hasta loogo». —me dijo otra vez.

— Sí, es cierto.

En las siestas de la anciana aprovechaba para hacerse un experto en liar cigarrillos. Y luego fumarlos, claro, en el rellano. Aquí «mataba dos pájaros de un tiro», me comentó en algún momento, porque ese tufo a tabaco debía mezclarse con el de jamón para conseguir un aliento español de respeto. No en vano tenía como un mes de dormir todas las noches con los carrillos atiborrados de tiras de jamón Serrano, del bueno, para conseguir impregnarse. Es que se lo pensaba bien, no eran meras ocurrencias a la ligera.

Emocionarse, hablar, romper el hielo, cabrearse y encuentro familiar poseía diferentes tonos de «gritar». Él los clasificó todos. Consiguió dormir la siesta a la hora y despertarse también cuando era debido; comer, comer y comer como una condena, y además, tardarse veinte minutos para despedirse de alguien y media hora si era un grupo. Comprendió y asimiló todo cuanto pudo, y siempre venía con algo nuevo. Todo bajo la lupa de una observación casi científica de ensayo-error o, simplemente, con el detalle de las tiendas de souvenirs. Se le veía andar por las calles más altivo, «más ibérico», bromeaba. Yo le empezaba a decir que se estaba pasando. Que parara ya. Que lo sentía raro, fuera de sí, maniaco. Y él me decía que yo era de mente cerrada, indio pata-rajada, me decía… Hasta que una vez me dijo:

— …pero no quiero que nos levantemos de esta mesa, tío, hasta que comprendas esto que te voy a pedir… y me ayudes. Escucha bien: pido tu ayuda.—me suplicó la última vez que hablé con él.

— Oquey…

— ¿Tú no te has preguntado nunca lo altamente importante que es para el argot español la expresión: «Que te den por culo»?

«Absolutamente no», contesté. Y me fui.

por culo

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