Tras el día

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Cuento de 2016


Es noche cerrada, muy oscura. Hasta la luna nos ha dado la espalda. La brisa que entra al rancho a esta hora ha vuelto a levantar la hojarasca que barrió este muchacho hace un momento. Está nervioso. Tiene mucho ruido en su cabeza. Es como si todos los grillos de fuera estuvieran dentro de él. Ha vuelto a coger la escoba de ramas y está dale que dale, intentando juntar de nuevo las hojas que se cuelan aquí dentro. Está peleando con el aire otra vez. Ese muchacho se llama Matías y lo quieren matar.

Me enrollé unas láminas de tabaco para fumármelo porque es lo único que me puede tranquilizar en este momento. Me deja ver las cosas de otra manera y creo que es lo mejor para Matías también. Algo le da mi puro a Matías, de sosiego digo yo. Él está allá peleándose con el aire, con las hojas, con su relajo. Yo veo fijo todo lo que hace, sentada desde aquí, y le lanzo la bocanada como para bañarlo, como para cubrirlo con el humo de tabaco y darle algo de… algo. Me partió el corazón cuando me dijo que se tenía que ir del país porque lo querían matar. Me lo dijo llorando como un niño. Le temblaban los labios y se le marcaba la vena esa, en medio de su frente, cuando me lo contaba todo. Me apretó lo hombros con sus manos asegurándome que todo iba a estar bien, que no me preocupara. A mí todavía me duele la quijada de tanto apretar pero tengo que sostenerme, no me puedo derrumbar junto al él. Tengo que estar firme y presente, con él. Quisiera consolarlo pero no puedo. Por eso mejor me siento a fumar mi puro. A esperar. El tipo de brisa que entra y esa bulla de grillos quieren decir que ya estamos en media noche. Y ese muchacho que se llama Matías, que me dijo que lo quieren matar y que por eso se va al país del Norte, es mi hijo. Lo he parido yo.

Yo chupo humo y se lo lanzo. Usted siéntese aquí, me dijo, que ahora vamos a esperar a que venga Manuel con noticias para saber qué es lo que tengo que hacer, nana. Y eso es lo que hago. Aprieto la quijada, chupo humo y espero aquí sentada. Viendo, solo viéndolo. Veo a un hombre que camina de un lado a otro del rancho. Guarda ropa en una mochila vieja. Poca ropa. Cuenta dinero; poco. Habla en susurros y busca en el techo del rancho alguna respuesta. Cuando ese hombre sale por la puerta a ver si viene Manuel y entra de nuevo, veo que entra un muchacho torpe que sigue revisando cualquier cosa aquí dentro. No es capaz siquiera de fijarse en su Tucán. El pájaro ya tiene varios días de estar desplumando. Se le van cayendo las plumas; empezó por las alas y ahora ya tiene casi todo el lomo en piel. Hoy por la mañana yo le pregunté si todo estaba bien. Sí, me dijo, por qué me lo pregunta, nana. Pues porque tu pajarito tiene días de estar desplumando, Matías. Usted siempre con esas cosas, nana, ya le dije que yo no soy culpable de nada y no voy a andar ahora con miedo de todo lo que me rodea. A veces, Matías, me dice más cosas tu Tucán. Fue entonces al anochecer, tras el día, cuando me vino con la noticia que se iba al país del Norte, que lo querían matar y tenía que migrar de inmediato. Escapar. Y es verdad, no tiene culpa de nada. Pero en este país sí. Está sentenciado a morir, y yo ya lo sabía. Pero me sorprendió cuando vi en sus ojos a aquel niño con miedo.

¡Qué bien que está aquí, nana! No sabe la tranquilidad que me da verla aquí, nana. Mire, le tengo que contar algo. (Empezaba a terminar el día). Voy a encender este candil, pero quiero, por favor, que no se prenda otra luz; nada. Qué bien que me la he encontrado en este momento, me dijo. Usted sabe que a mí me han confundido. Yo sé todo el dolor que ha pasado cuando me llevaron preso pensando que yo era de la pandilla y que había asesinado a los once jornaleros. Usted me cree, ¿verdad nana? Usted sabe que yo no estoy metido en nada, ¿verdad nana? Yo los conozco pero bien sabe que no estoy metido en nada, me dijo. (En el rancho solo iluminaba la llama del candil). Es que ahora me he enterado que la policía abrió la boca, me mintieron y les ha contado todo a los muchachos. Son unos hijos de puta, nana, iban a protegerme, a guardar mi anonimato. Es que cuando estuve preso me hicieron muchas preguntas, me dijo, y tuve que contar cosas de la pandilla, de los muchachos, que me han comprometido, nana, ¿sí me entiende? (La llama hacía que él se viera ardiendo, bañado en fuego). La policía no está contenta con haberse equivocado, con asumir públicamente que se habían equivocado conmigo, nana. Me han puesto contra la pared los hijos de puta porque ahora la pandilla me quiere quebrar la vida, nana. A quién busco ahora, nana, dígame a quién llamo para pedir protección, me dijo. ¡La policía es peor que la pandilla aquí, nana! Pero usted no se preocupe, ¿me escucha bien? No se preocupe nana, que estoy llorando pero de rabia, ¿sí me entiende? Usted siéntese aquí porque ahora tenemos que esperar a que venga Manuel. Él fue a averiguar todo esto y a ver si esta noche me puedo ir. Siéntese aquí, nana, me dijo, y esté tranquila que todo va a estar bien. Manuel me averigua con el Coyote para que me encamine a la frontera con México. Me tengo que ir a los Estados. Fuera de este país de mierda, nana, fuera de aquí para luego llevárnosla a usted, me dijo.

Yo me mordí los labios, me mordí la garganta y me mordí el corazón. Yo apreté mi mandíbula para mantenerme y que él me viera firme. Y lo sigo haciendo. El tabaco me tranquiliza pero no niego que lo sigo haciendo. Lo veo ahí, caminando de un lado a otro, y lo sigo haciendo. Para qué mentirme. Afuera solo se escuchan los grillos. Cuando los perros empiecen a ladrar es que viene Manuel, pero afuera solo se escuchan los grillos.

Manuel anda buscando al Coyote que va a llevar a mi hijo hasta la frontera con México. Lo va a encaminar. Es el mismo que se llevó a mi esposo. Ya lo conozco, es buena persona, ya he hablado con él. Matías me dijo que si conseguían el dinero, él lo podría encaminar hasta la frontera con México. Pero no es buena idea que lo deje ahí solo a mi hijo, el único que me queda ya, no es buena idea y este muchacho no sabe lo que es el camino. Atravesarse todo México, el desierto, la migra, el hambre, el viaje en ese tren que llaman La Bestia, con todo esos narcos y secuestradores que se suben a buscar gente a quien joder. Claro que sí lo sé, nana, no me trate como a un niño, me dijo. ¿Sabes cuántas semanas tienes que estar en el lomo de La Bestia, Matías? No es lo mismo saber lo que te cuentan que estar encaramado en ese tren, le dije, que solo se detiene unas cuantas horas a recargar o cuando los narcos se suben a secuestrar, a violar o a matar. Es tierra de nadie ahí, le dije. Tienes que ir con alguien que sepa y, aun así, no es garantía… pero es mejor. Yo le dije eso pero mi hijo anda como loco, no puede ver nada ahora. Y lo entiendo. No tuvo tiempo de prever.

La hojarasca volvió a desparramarse por el viento. Creo que hemos entrado en la madrugada ya. Lo perros no ladran. Manuel no viene todavía y la noche oscura empieza a irse. Matías tiene la cara iluminada por el teléfono, intentando comunicarse. ¡No me contesta este cabrón!, dice. Se ve que ahoga los gritos en la garganta, mi muchacho. Quiere demostrarme que tiene todo controlado para que no me asuste. Me mira de vez en cuando y veo a aquel niño. Como si el aparato tuviera la culpa. Lo aprieta y lo aprieta para que Manuel se apresure.

¿Y si no viene Manuel, nana? ¿Le habrán hecho algo? ¿Le habrá pasado algo a Manuel? Creo que lo mejor es que se vaya para su rancho ya, nana. Esto me huele mal. Algo pasa, es mucho tiempo. Es peligroso para usted aquí, me dijo. ¿Tienes más hojas de tabaco, hijo? Esto puede ser señal de que, a lo mejor, no me tengo que ir y dejarla sola, nana. No la quiero dejar sola, nana, yo es que en realidad no la quiero dejar sola a usted, me dijo. ¿Guardas el tabaco en el mismo lugar, hijo? Porque este Manuel también pudo haberse rajado, nana, quién asegura que no se ha echado para atrás. Lo pudieron haber amenazado, lo pudieron haber asustado. Lo pudieron haber matado, me dijo. ¿O si estoy haciendo esto más grave de lo que realmente es, nana? A lo mejor solo me quieren asustar, ¿no lo cree? Para que me esté quedito, para que me quede quieto, para que acepte todo y tome la condena de una vez. ¿Y si tomo la condena, nana? ¿Usted se enojaría conmigo si tomo la condena, nana? Si me meten preso usted podrá irme a visitar, nana. Es más seguro estar preso que andar en la calle, ¿no lo cree, nana?, me dijo. Yo me puse de pie, le apreté los hombros y lo miré como al hombre que es, con sus ojos de Tucán, con sus plumas y alas de Tucán, con su vuelo alto. Lo apreté fuerte, fuerte y le miré fijo en la negrura de sus ojos hasta llegarle al alma. Cuando los perros empiecen a ladrar, le dije, es que Manuel viene. Él lo va a llevar donde el Coyote y usted se va a ir con él hasta llegar a la frontera con Estados Unidos. No se le ocurra cruzar México a usted solo. Siga al Coyote pero sobre todo no pierda de vista al Tucán. Camine sin mirar atrás ni un segundo. Y si de pronto el Coyote le indica un camino pero se encuentra a un Tucán que lo lleva para otro, escoja al pájaro. Yo voy a estar bien porque a mí no me van a encontrar nunca. Esté tranquilo. Ahora, dígame dónde guarda las hojas del tabaco.

Pero por ahora no me hace caso este niño. Sigue presionando el aparato ese para que conteste el Manuel. Me mira de vez en cuando y veo a aquel niño. Quiere demostrarme que lo tiene todo controlado para no asustarme.

Yo lo dejo y espero. Doy una bocanada de humo y se lo lanzo. Siento a mi araña posada en mi hombro. No sé si ha estado conmigo todo este rato o acaba de venir. Ahora me siento de verdad tranquila con la araña posada en mi hombro. Creo que también lo está viendo. Lo conoce tanto como yo. Ese muchacho que está con el teléfono es mi hijo, lo he parido yo. ¿En qué momento se hizo todo un hombre ya? Se llama Matías y está condenado a morir. Su Tucán lleva varios días de estar desplumando. Cuando lo vi aquella tarde con sus alas casi en piel supe que esta historia iba a terminar así. Pero no le quiero decir que ya hablé con el Coyote, que ya había acordado con él para que lo lleve seguro hasta el otro lado del peligro mejicano. En el otro lado, en el norte, ahí es donde empezará su nuevo día… sus nuevos días. No le quiero decir nada porque este es el momento de Matías, no es el mío. Yo ya estoy vieja y ya me reconcilié con mi araña. Por eso aprieto la quijada; por eso me he estado apretando la quijada todo este tiempo y no le he dicho que ya le tengo arreglado el viaje. Sí pude prever. No es fácil pero es lo que tengo que hacer. En el fondo él sabe lo que tiene que hacer pero tiene la mirada puesta en otro lado. Apenas ha visto a su pájaro en estos días. Tiene miedo como yo misma. Pero ha perdido la confianza. Yo tengo que estar aquí, a su lado. Debo de estar a como él me necesita que esté. Si quiere que esté sentada y tranquila, eso es lo correcto. Si quiere que me ponga a dar gritos y a llorar, pues, así estaré. De cualquier manera puedo siempre darle un empujón, zarandearlo de los hombros. Pero no hay nada mejor para espabilar que sentir la muerte cerca. Ésa es inevitable y nunca falla. Por eso doy otra bocanada de humo y se lo lanzo, para que vea lo inevitable.

Los gallos han empezado a cantar. Matías ha dejado el teléfono hace un rato y está afilando el machete. Ahora me mira de frente mientras afila el machete. Ya no baja la mirada, ya no me ve de vez en cuando y baja la cabeza. Ahora está de frente y afila el machete. Dejó de andar nervioso y lo veo… lo logro ver. Coloca el machete al lado de la mochila y se sienta en el banco junto a la puerta. Mira hacia fuera, en silencio. No sé si es para estar atento al ladrido de los perros o porque ha comprendido algo. Matías, le digo, en ese camino te vas a encontrar con que la gente tiene animales muy diferentes a los que has conocido hasta ahora; y en el norte mucho más todavía, le digo. Me mira de frente y sonríe. Baja la cabeza y empieza a jugar con unas piedrecillas en el suelo. No me dice nada pero creo que sabe lo que quiero decir. Se levanta a barrer las hojas revueltas que la brisa había removido. Ya no hay brisa ahora, ya no hay viento. Los grillos han dejado de cantar.

Matías detiene la escoba. Los perros han empezado a ladrar.

Apoya la escoba a un costado. Se dirige a la mochila y la cuelga en su espalda. Me acerco a él. Cuando termina de acomodarse el machete en el pantalón, da unos pasos hacia mí también. Me hundo en sus ojos negros. Llego hasta lo más profundo, hasta encontrar todo lo que es él y todo lo que tiene de mí. Logro ver también a mi Juancho, a su padre, a mi esposo. Siento cómo su mirada me recorre el rostro, guardando cada detalle de este momento, de este silencio, de este amor. Ahora sí nos estamos viendo, de frente, en silencio. Es un adiós.

Fuera los perros chillan. El Tucán se ha posado en la puerta de salida y parece inquieto con todo el bullicio. Matías lo levanta del suelo y se vuelve a acercar a mí. Toma una pluma y se la engancha en la oreja. Y me da el pájaro sin desprenderme la mirada. Se escuchan unos pasos en el patio. Es Manuel. Tenemos que irnos corriendo, dice, el Coyote ya te está esperando para llevarte hasta los Estados Unidos. No sé cómo hiciste para conseguir el dinero porque yo no pude hacer nada. ¡Corre, Mati, que los muchachos te están pateando los talones ya! Tenemos que irnos, tenemos que irnos. Niña Mari, usted entiende, dígale que nos tenemos que ir.

Nos despegamos la mirada. Nos arrancamos: él de mí y yo de él. Me dice gracias sin abrir su boca. Y salieron corriendo y no volvieron su mirada atrás. Este hijo mío corre tras su nuevo día. Es lo que le toca hacer, irse, porque la noche oscura de estas tierras será mucho más larga y más densa. Será cuando vaya por el camino cuando entienda que le tocaba morir, que era inevitable. Morimos varias veces. Así es el cambio. Cuando nos volvamos a ver, si es que podemos, ya será otro. Nunca más veré a este muchacho que se enredaba con la hojarasca y que me dejaba entrar en el negro de su mirada. Nunca…

Yo ya estoy vieja y ya me reconcilié con mi araña. Ahora lo que me toca es desaparecer.

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