EL INDICE DE LAS DESGRACIAS

Clásico. Cuento de 1998.


A mi amigo Moya.-

Carlos, regalame otro ron con mineral y limón. Sí, sí sé que parece insólito pero te lo repito: en una semana perdí mi volvagen negro, mi esposa con hija y todo, mi trabajo y mi dedo índice derecho. Esto sí te lo puedo enseñar ahorita… mirá… Regalame el trago y te cuento.

Parece mentira, Carlos, cuánto te puede pasar en una semana. Mirá, te digo, me considero un tipo tranquilo, algo callado; pero esto sí que me ha dejado abrumado. La verdad yo nunca, en toda mi vida, fui de los que tienen la mejor suerte del mundo. Eso lo he aceptado, Carlos, la torpeza ha sido gran compañera en mi existencia. Pero es que esto que te voy a referir es el colmo, Carlos, ¡el colmo! Gracias por el roncito.

Mi esposa se llama Angelita. Puedo decirte que mi matrimonio no pasaba de lo normal: igual y diferente como todos. Incluso, teníamos ya nuestros “rituales inconscientes” como les he querido llamar. Aquellos que se hacen en automático, vos me entendés, Carlos. Pero por esos “rituales inconscientes” me vino la desgracia. No, Carlos, no juzgués, dejame terminar. Vaya, mi esposa tiene una manía remanente de su adolescencia: le encanta comerse las uñas. ¡Es su obsesión! Y por esos encantos del amor, con el tiempo, ya no se comía sólo las de sus manos sino también las mías. Sí, Carlos, sí. No es mentira. Por cierto, yo encontraba excitante el que ella me mordiscara los dedos. Me llegó a gustar mucho. Varias veces empezamos a hacer el amor porque me excitaba que me mordiscara los dedos. Escuchame, Carlos, cuando la  desgracia viene es porque tiene que venir y punto. Es como el viento, inesperado e invisible pero ahí está. Pues el viernes pasado… quiero ver, hoy es martes ¿verdad? No perdón, el viernes antepasado entonces, la desgracia se huracanó sobre mí.

Dejá que te cuente, men. Ese viernes, tipo nueve de la noche, estábamos tirados, Angelita y yo, en nuestro querido sillón y veíamos una película de terror por cable. Pues resulta ser que a media muvi, Angelita, de un susto, rebanó la mitad de la uña de mi dedo índice, dejándolo en carne viva. No me voy a detener en detalles sobre el grito y la desfiguración de mi rostro. Eso se convierte en una pequeñez para lo que vas a oír, mano.

Pues verás, en el momento todo se calmó. ¡A la púchica! El peliculón de plano que estaba bueno, men. Estábamos tan cómodos que, luego de detenerme la sangre con un vendaje improvisado que me hice por ahí, continué con Angelita disfrutando de la muvi en paz. Lo peor ni se me cruzaba por la mente.

El finde lo pasé con el vendaje improvisado. Tenía cuidado con ciertos movimientos de la mano afectada, pero, la meramera, ese finde me tuvo sin cuidado el bendito dedo. La verdad, yo quería descansar, chis, y no preocuparme por algo pasajero. Aunque ya la noche del sábado me desperté dos veces por un dolorcito palpitante. Aún así, me valió y no le presté mucha atención.  Y además de que no sirvo para eso de la sangre, el vendaje se veía sanador.

El lunes la desgracia misma me despertó en la cama, Carlos, para ser alegóricos. Vos me entendés:

Amor —me dijo Angelita— fijate que hasta ahora me doy cuenta pero la tuallita amarilla de la Inesita, con la que te hiciste el vendaje, estaba rechuca. Yo la había ocupado para limpiar unos meados de ella. Te acordás que aquella vez se hizo en la mesa y…

¡Pues claro, men! Ese había sido el motivo de la infección que no me dejó dormir esa noche. No pude pegar un ojo, Carlos, del gran dolor. Cuando me vi el dedo esa mañana del lunes, ¡ja!, si parecía tapón de pila de lo inflamado que estaba el condenado. Es que hasta calentura tenía, Carlos, no te miento.

Mirá cómo actúa la desgracia, mirá cómo son las cosas: en mi noche de tormentoso desvelo había decidido que, al despuntar el día, me iba ir a meter al Seguro Social para que me vieran esa babosada. Pues justo ese día Angelita tenía una entrevista de trabajo que me la venía cantando desde hace una semana atrás; habíamos acordado que la iría a dejar y le daría el beso de buena suerte. ¡Seamos honestos, Carlos, lo prometido es lo prometido! La bicha estaba bien entusiasmada, hombre, te lo juro, desde la semana anterior estaba con la cantaleta de la bendita entrevista y, aunque me retorcía del dolor, tenía que cumplir con lo dicho. Acepto que refunfuñé, y con razón, pero tomé las llaves del carro y como todo un caballero le pedí que se apurara. Nos fuimos. Ay, Carlos, para no aburrirte; no sé qué movimiento hijueputa hice en la curva esa de la avenida Bernal, viniendo de la Metrópolis, que me retortijé el dedo con el maldito volante. No te podés hacer una idea del alarido que pegué. ¡Puta, si es que sólo de recordarlo siento que todos mis esfínteres se contraen!

Bueno ¿qué crees, men? No ves que me estampé en una cuneta, jodí los amortiguadores delanteros, ponché las dos llantas y destartalé un pequeño jardincito. Decime, Carlos, cómo te sentirías vos con ese lunes. Y escuchame esto:

—Ay, amor, te prometo que te mando a mi hermano para que te eche una mano, pero yo te juro que tengo que estar en esa entrevista.

Ese no fue el problema, Carlos, ¡te lo juro que ese no fue! Yo, mirá, y te lo digo en serio, me considero un tipo sosegado, pero esto ¡es la verga! Llevamos nueve años de conocernos, Carlos, ocho desde que nos dimos la primer amontonada. Siempre, Carlos, toda la vida nos damos un beso, “un piquito” como nos decimos, cuando uno de los dos se tiene que marchar. ¿Por qué me tuvo que tomar la mano?¿Por qué apretó mi dedo descachimbado? Mirá, viejo, la vista se me nubló. No sé qué pasó exactamente. Cuando caí en sí ella estaba en el suelo deteniéndose la quijada y la sangre del derechazo que le soné. ¡Del derechazo, Carlangas! Te imaginás lo que me hizo hacer. Mi dedo tenía encarnado el desdichado vendaje improvisado, Carlos. ¡Me horrorizaba de sólo verlo! No sirvo para esas cosas, no, no, nunca serví para la sangre. Pero eso no fue todo. Por ese mi condenado índice reaccioné de modos extraños. Empecé a gritarle hasta de lo que se iba a morir, se me salió todo lo que me había guardado, cosas que ni recordaba. No pensaba, viejo, no pensaba. Estaba encima de ella con los ojos encabritados, culpándola hasta de los gases pestilentes que le había aguantado, con lujo de detalles y todo. En mi cuello rojo de furia se dibujaban hasta las venas de los gritos que le daba. Yo tampoco lo puedo creer, Carlos. Ella salió corriendo, espantada, tapándose la cara con sus manos. Yo todavía la despedí vociferándole maldiciones, ¡ja!, alrededor había toda una congregación de curiosos con la cara pasmada del chou que presenciaban. A unos metros del carro un cuilio se apeaba de la moto y sacaba libretita y lapicero para clavarme. Yo salivaba como bestia, Carlos, como bestia salivaba de la consternación y mi dedo pulsaba de la inflamación… Me salió un verso sin esfuerzo, viejito, pero es que esta malapata pareciera un cuento de terror, ni más ni menos. Algo que sólo a un desocupado se le ocurriría.

Qué te puedo decir, terminé en la Policía, en la de la Zacamil. Terminé peleándome allí con la burocracia de todo el mundo concentrada en la cara de aquella vieja, Carlangas viejito. Cada vez que le enseñaba el dedo a esa vieja desgraciada, para explicarle mi problema, sostenía una carcajada que le hinchaba las papadas. Carlos, está bien lo acepto. Yo me considero un tipo sereno, no sé si te lo comenté ya. ¡Sí soy un tipo sereno!, pero por favor… Es que el carro tenía vencidos los papeles, no le he arreglado el bolado de las placas extranjeras, está bien. Pero no ha sido la primera vez que arreglo esto con los señores agentes. No había necesidad de ir tan lejos, ¡yo insisto que si me hubieran comprendido, no había necesidad!

Mirá, yo te voy a decir algo, men, me fijo mucho en los detalles. Si correspondo me tienen que corresponder. Me considero un ciudadano ejemplar. No, no, dejémonos de pajas. Cumplo con todo lo que la ley, como ciudadano, me exige. ¡Hasta emito mi voto secreto! Entonces, Carlos, por qué tenían que hacerme eso a mí. Ese tipo tenía que llegar. El mero hijueputón, viejo, el meromero de la delegación. ¡Pues sí!, yo estaba alterado con esa tipa, pero el otro cabrón vino a terminar de joder el asunto. Yo estaba alterado y nervioso, no me fijé que cuando el cabrón ese me tendió su mano para presentarse: me dijo su nombre completo, su cargo y recargo, su posición militar, unos números que no entendí y toda la sarta de babosadas que dicen siempre. Decime, yo todo nervioso, cómo me podía percatar del error que se acercaba. Toda la perorata me desconcentró y le di la mano derecha, Carlos, ¡con mi índice pidiendo clemencia! Puta, Carlos, eso no fue todo. El grandulón de nombre inmenso me dio un apretón tan hijueputa que, mirá, sentí que todo mi cabello se puso erizo, papa, las orejas hasta me aletearon y hoy sí que mis ojos se me salieron como los chibolones de la semilla del jocote maduro cuando los sacas de la cáscara. ¡Por qué, Carlos, decime por qué! ¿Por qué siempre tienen que apretar los patecuma esos?

Aaah, pasé del lunes hasta el miércoles en la tarde en el bote, por agresión física a un oficial de la República. Perdí el carro; bueno, lo doy por perdido porque para sacarlo tengo que pagarle al lagarto ese, al guardia grandulón, veinte mil pesos. No, no, cómo lo demando. Conque logré mucho que me sacara del bote, y eso por el aspecto y el hedor de mi dedo. Para colmo, yo que no sirvo para la sangre. Eso me salvó, si no todavía estuviera con el cachimbo de maleantes en el bote. Pero ese es otro desvergue, Carlos, es otro desvergue.

Pero no te quiero hacer largo el cuento. Cuando llegué ese miércoles a la casa mi esposa se había marchado. No estaba ni donde la suegra y ella… la suegrita querida… como siempre, sólo me contestaba con monosílabos a cada pregunta mía. Ah, eso no lo dudés. ¡Claro que sí, me dejó en la calle! Únicamente encontré en la casa el radio que le prestábamos al sereno, una mesita que me llega a las rodillas, una hamaca (tan considerada ella), mi ropa y mi cepillo de dientes. Pero yo soy un tipo calmado, Carlitos, guachá esto: me bañé, me rasuré y me fui a dormir porque al día siguiente me presentaría al trabajo y daría una explicación por mi ausencia. No me iba a agüevar esta mierda… No, men, si no te digo que se llevó todo la Angelita, ¡pues sí, hasta el teléfono! ¿Cómo iba a reportarme por teléfono?

Pues agarré camino el día siguiente a la oficina. Después pediría permiso para ir al Seguro a que me vieran el dedo. Primero las obligaciones y ante todo la responsabilidad, no jodás.

Soy abogado pero trabajo de cholero en la Fiscalía. ¿Ya sabías, vea? ¿o no?… Bueh…vos me entendés. Llegué a la oficina sereno y con cordura para resolver el problema de mi ausencia. ¡Puta!, Carlos… mirá… por la seriedad, el respeto y el silencio que noto en tu rostro yo podría asegurar lo comprensivo que sos. Sabés que lo que te cuento, por más increíble que parezca, es la pura verdad con tan sólo verme a los ojos. Si te pidiera ayuda no te negarías nunca, puedo verte el alma en la mirada. ¡¿Por qué nadie es como vos, Carlos?!

Pues ya en el trabajo,  llegó el jefe con patada al pecho, papa, con la peor de sus caras. Me tenía que sacar todas mis cagadas ese día, y a gritos, delante de todos los de la oficina. Soy humano, Carlos, tocame, por tanto no soy perfecto. Hago mi mayor esfuerzo por hacer bien mi trabajo y ayudar un poco a este mi paisito jodido. No me puede reclamar el gordo ese, con todo lo que había pasado, por errorcitos fuera de contexto. Además, Carlitos, ni siquiera me dejó hablar a mí. Empezó a vociferar una cantidad de reclamos. Acrecentaba mi justificada falta con acusaciones de irresponsabilidad:

—Mirá, Segismundo, ya no se hable más del asunto, ya me tenés cansado –me dijo- pasá retirando tu indemnización. ¡Estás despedido! ¡A la verga!

El que yo ni siquiera haya podido hablar no fue el problema, viejo, el que me haya despedido injustamente no fue tampoco el problema. El problema fue cuando me extendió la mano hipócrita del jefe que despide. ¡Pues sí, Carlos! Yo estaba anonadado con todo lo que me dijo, y al extenderme su detestable mano yo se la di, chis, por animal se la di. Sí, qué iba a hacer, decime, si ni me dejó hablar.

Bueno, él terminó en el hospital y yo en la Agencia Policial de la Zacamil acusado de agresión e injuria. Chis, me pasó como con la Angelita creo yo, mientras le daba de golpes le gritaba en la cara todo lo que tenía atorado aquí dentro, se me salió el indio político de mi abuelo. Nunca me había oído de ese modo. El mencionar lo de su drogadicción y su homosexualidad fue lo que me chingó más. Por la cara de asombro de los de la oficina me di cuenta que nadie lo sabía. Perdí mi trabajo, Carlanga, y seguramente mi oportunidad de conseguir otro en mi profesión. ¡Ay, Carlanga, que vida desgraciada!… ¿Ah? No, de la Angelita campas… no sabía nada.

¿Que cómo perdí el dedo? Aaaah, viejito, viejito, eso es lo más digno que he perdido en esta semana absurda. Mirá, de la Policía de Zacamil me sacaron para que fuera a verme el dedo. El lunes en la mañana salí del bote. ¡Imaginate, Carlangas, viejito, estuve más de cinco días en total encerrado en el bote! Contando los anteriores. Ya estaba entrando en choc por esa inmundicia. El famoso vendaje improvisado no se veía por la inflamación, y la infección tenía una coloración negra necrótica. Emanaba una pestilencia que me estaba haciendo delirar de la locura. Puta y no te digo que yo no sirvo para esa onda, pues ¡Detesto la sangre! ¡Anantes me volteaba a ver esa porquería, Carlitos! Pero esa es otra vaina, Carlitos, no te quiero aburrir.

El lunes ese llegué al Seguro, el que queda allí por la Juan Pablo II, y ese suceso cortó el finísimo hilo de cordura que me quedaba. El papelón de mayor locura que he hecho en toda mi vida, mijo, lo peor. Carlos, mejor hubiera sido salir corriendo chulón y perderme en alguna selva. ¿Te acordás de lo que ocurrió ayer lunes en ese lugar? ¡Sí, oomb!, ¡Esa misma mierda! ¿Es o no es el colmo? Cabal, estaban dándose riata los médicos con la chota ¡Una huelga! Decime si no es lo peor que te puede pasar después de lo que te he contado. Pues, Carlanga, no me lo vas a creer, no me vas a creer lo que hice. Pero vos sí me vas a entender, con todo lo que te he contado sí me vas a entender que hay ciertos actos que por más locos que parezcan tienen un fondo de simple agobio.

Cuando me di cuenta de que era imposible que me atendieran, se me nubló el pensamiento. No pensaba, viejo, no pensaba. Me escabullí dentro de las instalaciones del Seguro, entré en una habitación que tenía un nombre raro y tomé una especie de bisturí. Salí a la calle, justo donde se estaban dando duro. Mirá, no recuerdo cuánto me habré tardado en llegar al medio del tumulto, no recuerdo si mi perturbado estado se imaginaba todo el relajo que había, no sé hasta qué punto era real o irreal lo que veía, olía y sentía en el revuelo de la huelga. Con los chispazos de recuerdo que me vienen a la mente de lo de ayer, mucho estoy logrando en contarte esto. Todo se me torna confuso, Carlitos.

Oíte esto, men, me paré en medio del deschongue, elevé mis dos brazos colocándome el bisturí en posición para troncharme el dedo conflictivo. Respiré con furiosa hondura y un tirón bastó para que mi dedo saliera por los aires y me desprendiera un grito de la gran putas: ¡COMAAAN MIEEEERDA TOOODOS!

Para no hacerte largo el cuento, Carlitos amigo, hoy amanecí en la casa de un joven médico que no tiene culpa de las desgracias mundanas. Él me recogió del suelo, luego de la incisión caí desmayado y “estaba perdiendo mucha sangre”. Además de recordarme de todo lo sucedido después, el joven médico me dijo que si no hubieran herido al fotoperiodista, la noticia de primera plana hubiera sido yo. ¡Ay, Carlanga, que vida desgraciada!… Regalame otro roncito…

…Carlos, ¿viste dónde pusiste el trago…? Si no me hubiera amputado el dedo ayer, el trago estaría sobre mi dedo índice… quién sabe lo que te hubiera armado… pero tranquilo, vos sí me comprendés.

dedo

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